viernes, 5 de abril de 2013

Capítulo 7: Niall

Nota: De ahora en adelante, lo que esté en negrita, estará narrado por Selene. El resto, con letra normal, por Elisa, como siempre. ¡Espero que os guste!

La luz cegadora me despertó, una luz que solo podía encontrarse en una habitación blanca llena de luz matutina. Sin embargo, me dolían tanto los ojos que ni hice un esfuerzo por abrirlos, simplemente me quedé allí tirada, no sé durante cuanto tiempo. Conté los latidos de mi corazón inconscientemente, y los tenía normalizados. ¿Dónde estaba y por qué no me acordaba de nada del día anterior? Un dolor persistente en la cabeza me atormentaba y me hacía pensar que me había caído golpeándome la cabeza. Pero entonces recordé un fuerte impacto en el pecho y supe que mis ataques volvían a la carga. Joder, pensaba que ya estaban controlados...
Despacio, como siempre tras uno de mis ataques, abrí los ojos, pero los tuve que cerrar al instante, porque la sola visión de un hospital me daba náuseas. No entendía cómo, pues me pasaba la vida allí, pero no lo aguantaba. Lo volví a intentar, y conseguí que mis ojos se adaptaran poco a poco a la luz y a la vista. Me di cuenta entonces de un zumbido en mis oídos, y me pregunté si también me había vuelto sorda. Pero finalizó de repente, y voces en inglés me hicieron girar la cabeza. Una enfermera vestida de azul, y no del reglamentario blanco, estaba inclinada sobre la cama de mi compañero de habitación, murmurando cosas en bajo y sacando una jeringuilla de su bolsillo. Volví a girar la cabeza, no soportaba las inyecciones, ni en mí ni en el resto de personas. Respiré hondo y cerré los ojos hasta que sentí la cara de la enfermera centímetros por encima de la mía. Puse mi mejor sonrisa y abrí los ojos lentamente, como desperezándome.
-Buenos días- me dijo con un acento encantador, aunque no supe localizarlo-. Mi nombre es Martha y seré tu enfermera mientras estés aquí que, con suerte, esperemos que no sea mucho. Ayer ingresaste inconsciente a las once y veintidós de la noche con un fuerte ataque del corazón, pero ya nos han enviado todo tu historial clínico desde España y me complace decirte que  todo está controlado. Si todo va bien, mañana por la noche podrás escoger entre quedarte aquí una noche más o irte ya para casa.
Ensanché mi sonrisa pero no dije nada. Martha me la devolvió y sacó otra jeringuilla del bolsillo, miré hacia otro lado y fijé mis ojos en el ocupante de la cama de al lado mientras sentía el pinchazo en mi antebrazo izquierdo. Era un chico, para mi asombro. Nunca ponían a personas de distinto sexo en habitaciones compartidas, pero me encogí de hombros y no le di importancia. Tenía el pelo parecido al de Leon, el amigo de Elisa, aunque algo más claro... Estaba tumbado boca arriba con los ojos cerrados, por lo que me permití unos segundos de contemplarlo hasta que la enfermera habló de nuevo.
-Nos disculparás por tu compañero, pero estábamos faltos de habitaciones y no tuvimos otra opción. Esperamos que no te importe- abrí la boca para decir que no pero me sentí sin fuerzas, así que negué con la cabeza y sonreí de nuevo-. Perfecto. Has de saber que es un chico con un gran corazón, se llama Niall... Pero tiene un problema muy grave. Tiene cáncer de huesos, osteosarcoma, y no es exactactamente benigno. Pero al menos está controlado, aunque tenga que prácticamente vivir aquí- esbocé mi mayor pesar y logré murmurar unas cuantas palabras sin sentido, aunque Martha no se enteró-. Está bien, te dejo. Tus amigos se quedaron un par de horas contigo, pero se tuvieron que marchar pronto. Sin embargo, te trajeron un par de libros y ropa. En unos minutos volveré con el desayuno, ¿vale?
Logré articular un "sí" y una sonrisa, y Martha se fue de la habitación, dejándome sola con Niall. Me incorporé y miré los libros que me habían traído. Encima de ellos había una nota firmada por Gus y Elisa, diciendo que vendrían en cuanto les fuera posible y que me recuperara pronto. Cogí el primero, pero una tos me sobresaltó, y cayó al suelo, siendo imposible recuperarlo desde la altura de la cama. Me giré y vi a Niall mejor, estaba echado hacia un lado, tosiendo con fuerza, y me miró a los ojos. Los tenía azules, de un azul que nunca había visto. Me sonrió. Yo le devolví la sonrisa, y me volví a tumbar en la cama.
-He oído que tienes ataques de corazón- me esperaba oír su voz, pero me sobresaltó lo dulce que era. También tenía un fuerte acento del norte, pero era bastante comprensible. Reuní todas mis fuerzas y me senté entre las mantas para mirarlo con más atención. Él también estaba sentado, y esperaba mi respuesta.
-Sí, así es. Y una putada, si me preguntas- en ese instante, deseé no haber dicho nada. ¿Qué eran unos débiles ataques al corazón comparados con cáncer? Sin embargo, a él  no pareció afectarle. Rió ruidosamente y después se levantó de la cama con una fuerza que nunca había creído de un paciente de cáncer. El corazón se me aceleró, aunque no supe decir si era por él o por la debilidad de sí mismo. Niall se sentó en mi cama, tendiéndome la mano, diciéndome su nombre. Se la estreché, respondiendo con el mío, y me preguntó por mi enfermedad.
No supe ni por dónde empezar, quizá porque no me acordaba. Pero me encontré a mí misma intentando explicarle mi problema, y él escuchando atentamente. Sabía escuchar. Probablemente porque él padecía algo parecido, así que no fue difícil describirlo todo.
Minutos más tarde estábamos ambos absortos en una conversación animada, y llamaron a la puerta. Los dos giramos la cabeza y Martha entró con dos bandejas.
-Veo que ya os habéis conocido- me fijé en el logotipo de las tazas, St Thomas' Hospital, London. Ahora ya sabía dónde estaba. Martha se acercó a nosotros y nos puso una bandeja a cada uno en la mano, noté que eran ligeramente diferentes, pero no dije nada- Son las ocho de la mañana. Niall, tú ya lo sabes, pero Selene, para que lo sepas, sobre las diez viene el médico a comprobar vitales y después vuelve cada cuatro horas si todo está en orden. Si necesitas algo simplemente tira de la campanilla que está sobre tu cama.
Levanté la vista y una campana de plata estaba a un metro de mi cabeza, colgada del techo, y caía una delgada cadena que se escondía detrás de mi cama. Le di las gracias a Martha y esta se fue, dejándonos a Niall y a mí solos otra vez.
Íbamos a reanudar nuestra conversación mientras desayunábamos cuando dos figuras aparecieron en el umbral de la puerta, y solté un grito de alegría, casi tirando mi café al suelo.


La habitación me pareció demasiado blanca, pero solo tuve ojos para buscar a Selene. Dios, qué preocupada había estado... Corrí a su cama y la abracé, sin darme cuenta de que tenía compañía al otro lado. Comencé a hablar rápidamente en español, asegurándome de que estaba bien, y ella me mandó calmarme, mientras las dos nos contábamos los sucesos de la noche anterior. Sin embargo, me callé al notar al chico que había a su lado y a Gus, que estaban los dos mirándonos con la expresión más graciosa que nunca había visto. Selene abrió los brazos y Gus se lanzó a ellos, hablando en inglés tan rápido que estaba segura de que Selene no le estaba entendiendo nada, pero reí igualmente. Miré al chico rubio que estaba allí con ella y él se levantó.
-Me llamo Niall- me tendió la mano. Se la estreché.
-Elisa, encantada, Niall- contesté.
-Soy el compañero de habitación de tu amiga... Aunque creo que eso ya lo habías notado- de modo que me había visto mirarle... Decidí asentir simplemente, preguntándome cuál sería su motivo de estar hospitalizado. Inmediatamente pensé que me había leído la mente- Tengo cáncer.
Mi estómago se retorció. Conocía demasiado bien el cáncer, mi padre había muerto de ello meses antes... Me disculpé unos instantes y me metí en el baño de la habitación, echándome agua fría por la cabeza y respirando hondo. El cáncer era un tema tabú para mí. Me senté en la taza del váter y cerré los ojos momentáneamente intentando calmarme. Al lado del baño, se abrió la puerta de la habitación, y oí como dos personas entraban, saludando a los presentes. Reconocí la voz de Leon y sonreí, pero al oír a Harry se me borró la sonrisa y tuve que volver a echarme agua, aunque no sirvió de nada. Cerré el grifo y apoyé la mano en el pomo, decidiendo si salir o no.


Imagen, como siempre, de weheartit.com.

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